Leones Marinos
miércoles, 8 de enero de 2014
NAVIDADES Y NOSTALGIAS
Ya han pasado las Navidades. Antes hubiese dicho ¡Por fin! Pero teniendo hijos la cosa cambia un poco, la verdad. La ilusión de montar el árbol, de hacer el pesebre, de que un día al llegar de pasear el tió haya llegado a casa, alimentarle (sí, los 3 kilos de más son de eso...). Y los regalos. La esperanza dibujada en los ojos de los niños ojeando los catálogos, marcando todos y cada uno de los juguetes que ven, hablando muy fuerte "por si los Reyes están escuchando" y han decidido que hemos sido buenos. Bueno, y qué decir de la Cabalgata. Los niños nerviosos, los Reyes que llegan en un coche de caballos, que cogen la llave mágica que abre todas las puertas de Esplugues, Gaspar que nos dice que nos vayamos pronto a dormir, Melchor que al acercarse dice expresamente a Pau "tranquilo Pau, te conozco y esta noche iré a tu casa", el crío temblando de la emoción,... Y por la mañana despertarnos y ver el comedor lleno de regalos, y leer la carta que nos han dejado en la que les dicen que han sido muy buenos pero que aún hay cosas que mejorar. Y las luces. Luces por todas partes. Calles adornadas, tiendas engalanadas esperando hacer el negocio que no han conseguido durante todo el año, Edificios convertidos en refugio de luciérnagas que han decidido hacer fila india para adornar nuestros recuerdos de cada Navidad. Ya sabéis cómo soy yo para esto de los brillos, que veo una luz y me pierdo... Sí, la Navidad siendo madre es mágica.
Pero a veces añoro la Navidad siendo hija. Nieta y sobrina. Las Nochebuenas interminables rascando la botella de anís, las canciones del norte que cantaba mi abuelo (sólo una noche al año, lo que lo hacía más especial), observar a mi familia subida en la silla de la antigua cocina de mis abuelos mientras les martirizaba sin descanso con poemas y canciones para conseguir el aguinaldo, el cumple de mi yaya, pasear por la Catedral a hombros de mi padre, la tortilla de patatas que nunca podía faltar en Nochevieja (bueno, cada familia tiene su tradición...). Y les añoro a ellos. Cada año más. Ya hace 4 años que falta mi abuela, precisamente una Nochevieja la enterraron, y 17 que falta mi abuelo, pero duele como el primer día. A veces pienso que más. Oigo a mi hijo mayor hablando de mi abuela, y envidio su inocencia, su manera amable de ver las cosas, el optimismo y la sonrisa que es capaz de dibujar en su rostro cada vez que recuerda una anécdota que vivió con ella durante los tres años que la conoció. Ni una gota de amargura. Ni un ápice de dolor. Me transmite una serenidad asombrosa porque en su corta edad ve la muerte como lo que es, parte de la vida. Deseo ser capaz algún día de vivir esa nostalgia que me evoca la Navidad como él lo hace, tal vez así quizás podré volver a vivir la Navidad como un niño.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)